Flores.

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Quizá en ese momento entendí una promesa atemporal, y ahora sólo veo una planta llena de barreras, protegida, y tratando de defenderse de cualquier roce.

Sé que también soñabas con el día en que floreciera, los dos aguardábamos con esperanza e ilusión. Pero no pasó. Te entregaron flores y las marchitaste. Sigo pensando que intentaste cuidar de ellas, no tuviste la culpa. Simplemente, no sabían que guardaban dentro la capacidad de ser hermosas ellas solas. Y al final, de tanto buscar la felicidad en la mirada de quien las ama y la adora, se olvidaron de que también poseían lo que admirabas. Se marchitaron.

Sin embargo, esa planta seguía siendo bella. Sí, cuando pinchaba, sin flores, y yacía convertida en un rastrojo entre las piedras, indiferente. Seguía siendo bella porque estaba viva, aunque se perdiera la admiración con que la contemplaron, pues ya no era apreciable su color ni su fortaleza. Ya no estaban las flores. Supongo que te olvidaste de todas las veces que brillaron.

Y así, se secaron las ilusiones con las que prometiste alimentarlas. No te hacían feliz, y las apartaste, en busca quizá de un jardín que no alterara tu vista ni tu futuro, que no te mirara a ti cuando querías mirar hacia delante. No lo comprendiste en ese momento, pero sólo los girasoles cambian su rumbo con el sol.

Sin embargo, es difícil contarle a un cactus que va a morir, porque le prometieron nacer para siempre. Sobrevivir, ante la lluvia o la nieve, aunque queme el sol y arranque el viento: seguiría. Así que tuvo que darse cuenta sólo, mientras se ahogaba, y seguía lloviendo, y se ahogaba, y se ahogaba...

Quizá por eso, se regalen rosas. ¿Te acuerdas que nunca quise? Pues ahora lo entiendo. Mueren rápido, pero son hermosas, increíblemente hermosas mientras viven. Y sin embargo, nadie regala rosas pensando en su eternidad. Ahí radica su más pura esencia, pues ya avisan: nada es permanente.

Por eso yo, en un alarde de amor propio, me he regalado flores. No son rosas, no son las más bellas; son pequeñas, quedan decenas de ellas por descubrir, pero todas son diferentes. Las esconde una gran maleza de hojas que hacen casi inapreciable su esplendor si no las observas con paciencia. No tienen pinchos ni barreras, crecen desprotegidas y son frágiles, quizá desconocen el dolor de tener que mantenerse imperecederas. Las amo, porque mis flores no son perfectas, no vivirán para siempre. Pero cada una que se abre y nace es una promesa de vida.


Fortuitamente, cuando no las observo, florece una más.




Alexia Gómez. Con la tecnología de Blogger.
 
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